martes, 8 de abril de 2014

El mítico viaje de Colibrí


Durante toda esta semana he permanecido acompañada por Colibrí y por esto, y porque varias personas importantes para mi así me lo han pedido, voy a hablarte de nuevo de este fascinante animal oráculo.

Hoy quiero contarte una historia, así que ponte cómodo y prepárate para hacer un viaje espectacular, porque el lugar al que vamos pertenece al mundo mítico, y el viaje es largo.


"Cuentan los abuelos que hace muchos, muchos años, cuando la tierra era más joven y los seres humanos aún conservaban la facultad de hablar con los animales, sucedió un día que el imponente Cóndor, reunido con otros animales en una pradera, proclamó orgulloso:

- Soy el ave más grande y más fuerte del mundo. Mis proezas aéreas no tienen comparación. En el aire, no tengo rival posible. Mis alas tienen tal envergadura que cuando planeo en el cielo, la sombra que proyecto sobre la tierra oscurece campos enteros...

Los demás animales, especialmente aquellos que no podían volar, miraban extasiados a Cóndor y emitían sonidos de admiración.

- Mi fuerza y mi resistencia son tales, que puedo volar más alto que ningún otro pájaro, allá donde la escarcha comienza a cubrir el pico y las patas y el vuelo se hace casi imposible -continuó muy ufano - ¡E incluso, si así me lo propusiera, podría llegar hasta las mismas puertas del cielo! -exclamó.


Tras estas palabras de Cóndor, se hizo el silencio entre los animales. Una cosa era poder volar más arriba de los picos de las montañas, y otra muy diferente, era proclamar que uno podía llegar hasta las puertas del cielo.

De pronto, un zumbido rompió el silencio y una voz muy pequeña, comentó:

- Oh, no dudo de que tú, el gran Cóndor, el rey de las aves, pudieras llegar hasta las puertas del cielo. Tu fuerza y tu resistencia son extraordinarias, y las proezas de tus vuelos son legendarias.

A lo que Cóndor esponjó sus alas, orgulloso.

- Sin embargo -prosiguió la diminuta voz -yo sería capaz de llegar hasta el mismísimo centro del cielo, si así me lo propusiera, y podría ver el rostro de la divinidad.

Entonces, mientras los animales estallaban en una algarabía tremenda, buscando nerviosos el origen de aquellas palabras, Cóndor exigió furioso:

- ¿Quién se atreve a decir algo así en mi presencia? ¡Muéstrate, te lo ordeno!

Acto seguido, una pequeña bola de luz apareció zumbando y describió varias piruetas imposibles ante los dilatadas pupilas de los presentes. Se movía de una manera imposible para cualquier otra criatura, y cuando por fin cesó su vuelo, los animales pudieron ver a un diminuto pájaro suspendido en el aire que brillaba como si estuviera cubierto de miles de piedras preciosas.

- Soy yo, Colibrí -dijo sencillamente con su fina voz.

- ¿Estás dispuesto a probar ante todos la verdad de tus palabras? - le retó Cóndor echando chispas por los ojos, y confiando en que el minúsculo pajarito se echaría atrás acobardado.

- Claro que sí - respondió Colibrí- Mañana mismo al salir el sol podremos vernos aquí de nuevo y comprobarás que soy capaz de hacer lo que digo, si así lo deseas.

- Así será -sentenció Cóndor, impresionado por la valentía del pequeño Colibrí -. Y ahora, me marcho, he de prepararme para el duro viaje que me espera mañana -finalizó el rey de las aves, abriendo sus enormes alas y alzando el vuelo.

- Yo también he de prepararme para el viaje, mañana nos veremos todos aquí al salir el sol -aseguró el pajarito, desapareciendo con un zumbido.


Cóndor se preparó durante todo el día para el impresionante desafío al que se había comprometido. Calentó los músculos de sus alas, comió abundantemente para aumentar sus reservas de energía y se elevó hasta más arriba de la más alta cumbre para aclimatarse al tremendo frío que habría de soportar al día siguiente.

Por su parte, Colibrí, bebió el néctar de las flores más dulces y se posó sobre una rama, cerró sus ojos y se puso a soñar. En su sueño, Colibrí volaba hasta lo más alto, atravesaba las puertas del cielo y llegaba hasta la divinidad, quien le sonreía con un amor infinito. Y con esta visión maravillosa, se durmió.


Al despuntar el alba, la pradera estaba llena de animales. Todos habían acudido a ser testigos del desafío entre el Cóndor y el Colibrí, desde el pequeño Ratón hasta el gran Oso andino. El momento se acercaba, y el barullo era cada vez mayor.

De pronto, se escuchó un potente batir de alas y la imponente figura de Cóndor oscureció por un momento el cielo. El rey de las aves se posó majestuoso sobre una roca y contempló altivo el horizonte. El pequeño Colibrí aún no había llegado.

Pasaron los minutos, y los rayos del sol comenzaron a teñir tímidamente de dorado el vestido de la Madre Tierra. Pero Colibrí no aparecía.

La temperatura comenzó a elevarse gradualmente, y el disco solar comenzaba a hacerse visible por el horizonte, pero el diminuto pajarito seguía sin aparecer.

Cóndor sacudió sus alas impaciente, pero aliviado, porque el Colibrí se había retirado a tiempo de su absurdo reto. Los animales pequeños, sin embargo, se encogieron apesadumbrados.

Cuando el sol fue completamente visible tras las montañas, el juicioso buhíto andino explicó:

- Un desafío es un desafío, Cóndor. Aunque Colibrí no haya venido, tú has de cumplir tu parte antes de proclamarte vencedor.

Y los animales comentaron:

- Es verdad, el búho tiene razón, como siempre, un desafío es un desafío.

- Un desafío es un desafío - se escuchó de hocico en hocico, de pico en pico, de mente en mente -y el murmullo dio la vuelta a toda la pradera hasta convertirse en un clamor.

- Efectivamente, un desafío es un desafío -aceptó Cóndor -. Cumpliré mi parte y llegaré hasta las puertas del cielo -aseguró resuelto.


El majestuoso Cóndor batió sus alas varias veces para calentarlas, las desplegó completamente y alzó el vuelo, completamente resuelto a llegar hasta las puertas del cielo.

El ascenso hasta los picos de las montañas no le resultó especialmente complicado, lo había hecho muchas veces, por puro placer. Volar alto le gustaba especialmente a Cóndor. La Madre Tierra resultaba tan hermosa vista desde allá arriba... Los terrenos de cultivo hacían diseños multicolores sobre su superficie, los ríos serpenteaban por su regazo, las quebradas se precipitaban hacia sus entrañas... La Madre era realmente bella, y a Cóndor le gustaba contemplar su belleza desde arriba de las montañas.

El siguiente trecho le resultó bastante más costoso. Los vientos eran fuertes y gélidos más allá de los picos nevados, pero Cóndor era grande y fuerte, y su determinación de cumplir su desafío también lo era, así que no se permitió flaquear y continuó el duro viaje.

Continuó ascendiendo y ascendiendo hacia el cielo, mientras su cuerpo se congelaba lentamente y sus plumas se cubrían de escarcha. A ratos, su vista se nublaba y tremendos calambres recorrían sus alas. A veces, sentía que no sería capaz de conseguirlo, a veces, sentía que las puertas del cielo estaban cada vez más cerca, y que solo era cuestión de un último esfuerzo el llegar hasta allí, y seguro que merecería la pena.

Por fin, tras lo que le pareció una eternidad, Cóndor pudo divisar las puertas del cielo. Eran tan hermosas... Luces de diferentes colores, verdes y amarillas,  bailaban unas sobre las otras, marcando la entrada. Su visión le hizo estremecerse de felicidad.
Sin embargo, las fuerzas le fallaban, se sentía muy débil, y decidió detenerse en el aire a descansar un momento. Si no, no sería capaz de llegar, ¡Y ya faltaba tan poco! Cuando regresara, les contaría a todos cómo eran las puertas del cielo, especialmente, al pequeño Colibrí.


Y de pronto, como si le hubiera llamado con el pensamiento, el diminuto Colibrí salió volando de entre las alas del Cóndor. Y voló y voló, disparado como una flecha multicolor hasta las puertas del cielo, atravesándolas y dejando a su paso una estela de luz brillante.

El pequeño, el frágil y valiente Colibrí no se detuvo, y cruzó los campos del cielo hasta el mismísimo centro, donde todo era pura luz y puro amor. Y allí, exactamente igual que en su sueño de la noche anterior, se encontró con la divinidad, y sus ojos le miraron con infinita ternura, y su hermosa sonrisa le inundó. Los labios del ser divino se entreabrieron y le entregaron un mensaje a él, la más pequeña de las aves:

- La alegría es la llave con la que se abren las puertas del cielo en cualquier lugar de la tierra. Desde hoy, eres el portador de esa llave, pequeño Colibrí. Entrega este mensaje a todo aquel con quien te cruces. Porque lo han olvidado, y han de recordarlo. Esta es la sagrada misión que te encomiendo.

Y dicho esto, la divinidad sopló su dulce aliento sobre el pajarito, y lo impulsó de nuevo hasta las puertas del cielo, donde le esperaba humildemente Cóndor, sin cuya fuerza, resistencia y determinación, nunca se hubiera podido llevar a cabo el increíble y mítico viaje del diminuto Colibrí hasta el mismísimo corazón del ser divino, aseguran los abuelos". -VictoriaVanadis2014©.



¿Qué te ha parecido la odisea de Colibrí?
¿Te inspiran su coraje y su inteligencia en el camino de tu vida?
Después de leer su historia, ¿aún te sientes demasiado pequeño como para triunfar en cualquier desafío?
Me encantará que me lo cuentes en el apartado de los comentarios.

Y si te ha gustado de verdad, te agradeceré que lo compartas.


Texto: VictoriaVanadis2014©. El cuento que acabas de leer es mi propia versión de la leyenda andina del Cóndor y el Colibrí. Encontrarás otras versiones y otros textos, pero éste, lo he escrito hoy mismo inspirada por el amor que le tengo a Colibrí, y corresponde a mi visión personal de esta historia.

Imagen: preciosa ilustración de Drew Fleniken©. 


2 comentarios:

  1. ¡Qué gran historia, preciosa y con moraleja! La leyenda original no la he leído, así que no puedo comparar. Sólo sé, que esta me ha gustado. Cada aimal representa distintas cualidades, todas necesarias para un fin mayor. El colibrí inteligente, humilde, pero frágil y el cóndor trabajador, resistente, pero egocéntrico. El uno se nutre del otro finalmente! Así me ha llegado a mí.

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  2. Me alegro mucho de que te haya gustado la historia, Abi.
    Es verdad lo que dices, todos los animales son necesarios, colaborando juntos, para un bien mayor. Al igual que todas las partes de nosotros, son necesarias trabajando juntas para permitirnos alcanzar nuestra versión 10.0 ;-)

    Colibrí y Cóndor son compañeros inseparables en esta historia, y ambos son perfectos tal y como son; Cóndor, o Águila para los no andinos, representa en realidad la parte de nosotros que es capaz de elevarse más alto, y es cosecha mía en mi propia versión de la historia darle a Cóndor un tinte de orgullo, porque así lo sentí.
    Sin embargo, un reto en la tradición ancestral andina no es una competición para quedar por encima del otro, tal y como se entiende en nuestra sociedad, sino un desafío donde las personas miden sus talentos, habilidades y sabiduría entre si, y el vencedor, después, le enseña al otro cómo conseguir superarse. Interesante, ¿Verdad?

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